El origen del proyecto se sitúa en el encuentro que la artista tuvo años atrás con la obra San Sebastián curado por las santas mujeres de José de Ribera en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Aquella experiencia visual ha evolucionado hasta convertirse en el eje conceptual de la exposición: una mirada que desplaza el foco del martirio hacia el gesto de cuidar, entendido como acto casi sagrado.
Frente a la iconografía tradicional de San Sebastián, centrada en el sufrimiento y el sacrificio, la propuesta de González rescata un episodio menos representado: el momento en el que el cuerpo herido es atendido por varias mujeres. En esa escena, secundaria en la tradición pictórica, la artista encuentra un espacio simbólico desde el que repensar el papel de lo femenino como agente activo de sanación.
La exposición plantea así una inversión de la mirada histórica, donde el cuidado deja de ser un gesto invisible para convertirse en el verdadero núcleo narrativo. Esta reinterpretación conecta con debates contemporáneos sobre el cuerpo, la vulnerabilidad y las redes de apoyo, al tiempo que dialoga con el legado artístico del Barroco.
Un puente entre pasado y presente
El proyecto cuenta con un texto curatorial de Las Hijas de Felipe —Carmen Urbita y Ana Garriga—, que sitúa la obra de González en una genealogía donde el pasado no es un archivo cerrado, sino un territorio vivo. Desde esta perspectiva, la pintura funciona como un puente transhistórico que permite interrogar el presente a través de imágenes heredadas.
En las piezas expuestas, la artista combina referencias clásicas con una sensibilidad contemporánea, generando composiciones en las que lo reconocible se transforma en algo inquietante. Sus lienzos cuestionan los códigos tradicionales de representación y proponen nuevas formas de entender la memoria visual.
Una práctica pictórica en transformación
La obra de Nieves González se caracteriza por explorar la tensión entre tradición y contemporaneidad. Formada en Bellas Artes en la Universidad de Sevilla, su trayectoria reciente incluye exposiciones internacionales en ciudades como Miami, Roma o Shanghái.
En El cuerpo sostenido, esa investigación alcanza una de sus formulaciones más completas. La exposición se configura como un recorrido por su universo visual, donde la pintura actúa como espacio de experimentación crítica. Lejos de reproducir modelos del pasado, González los somete a una reinterpretación que abre nuevas lecturas sobre el cuerpo, el género y la historia.
La muestra invita, en definitiva, a detenerse en aquello que tradicionalmente ha permanecido en segundo plano: los gestos de cuidado, las figuras que sostienen y los relatos que, desde los márgenes, siguen dando forma a nuestra manera de mirar.
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