En el centro del escenario, bajo la dirección de María Goiricelaya, Ainhoa, una joven recién doctorada en Ciencias Políticas, defiende su tesis ante un tribunal académico. El tema podría parecer cómodo, incluso aséptico: la desobediencia civil como herramienta legítima y necesaria para la salud democrática. Pero el teatro, cuando acierta, no se conforma con la abstracción. A medida que avanza la función, esa defensa universitaria se ve atravesada por un relato que irrumpe con la fuerza de lo real: el macroproceso judicial 18/98, iniciado a partir de diligencias del juez Baltasar Garzón, en el que varias personas vinculadas a una fundación de defensa de los derechos civiles fueron procesadas. La pregunta deja entonces de ser teórica: no solo qué es la desobediencia, sino quién paga su precio.
La pieza articula un vaivén constante entre dos espacios simbólicos —la universidad y el juzgado— que funcionan como polos de una misma tensión. En uno se teoriza, en el otro se castiga. En uno se consagra el pensamiento crítico, en el otro se le imponen límites. Lejos del didactismo o de la reconstrucción documental, el texto recurre a ejemplos históricos cargados de sentido para trazar una genealogía de la desobediencia civil: de los grandes hitos en la conquista de derechos a las prácticas contemporáneas que siguen resultando incómodas para el poder.
María Goiricelaya firma y dirige una obra coherente con una trayectoria que ha hecho del teatro un espacio para pensar políticamente sin renunciar a la emoción. “Siempre he sentido fascinación por la desobediencia, por la rebeldía”, ha explicado la creadora, evocando una palabra —desobediente— que le acompaña desde la infancia. Esa pulsión íntima atraviesa la obra y la salva del esquematismo: aquí no se glorifica la rebeldía abstracta, sino que se examinan sus consecuencias legales, su coste personal y su dimensión ética.
Gesto político
Ainhoa encarna a una generación formada y crítica, consciente de los marcos democráticos, pero también de sus grietas. Su tesis no es un ejercicio académico aislado, sino un gesto político en sí mismo. Defender la desobediencia civil desde una institución que presume de garantizar el pensamiento libre se convierte en una acción performativa que revela la fragilidad de ese consenso.
‘Desobedientes 18/98’ / Desobedienteak 18/98 se estrenará en el Teatro Arriaga de Bilbao el 8 de enero en euskera, y los días 9 y 10 en castellano. La obra no ofrece respuestas cerradas ni proclamas tranquilizadoras. Deja, más bien, una incomodidad fértil: la de reconocer que muchos de los derechos hoy considerados incuestionables nacieron de actos que, en su momento, fueron ilegales. En ese cruce entre escena, historia y vida, el teatro recupera una de sus funciones más necesarias: recordar que obedecer siempre es una elección, y que no todas son justas.
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