La obra se articuló en varias partes claramente diferenciadas. La primera sección, desarrollada sobre escenario, fue la que mejor conectó con el público, destacando por su claridad formal y por la intensidad del trabajo corporal, donde el movimiento dialogó de manera directa con el espacio escénico y la música.
A partir de ahí, la pieza evolucionó hacia un formato itinerante, en el que el público fue invitado a recorrer distintos espacios del edificio. Esta segunda parte funcionó como un recorrido guiado por Azkuna Zentroa, integrando la danza en la arquitectura y transformando al espectador en acompañante activo del intérprete, diluyendo la frontera entre escena y entorno.
El recorrido concluyó con una breve sesión de DJ a cargo del propio protagonista, concebida como cierre de la experiencia. Aunque la selección musical resultó atractiva y generó un ambiente distendido, esta parte fue percibida más como un epílogo informal que como un espectáculo escénico en sí mismo.
En su conjunto, Córdoba Drone propuso una experiencia híbrida que combinó danza, desplazamiento y música, invitando al público a habitar el espacio desde una mirada diferente. La pieza partió de una relectura libre de Córdoba de Isaac Albéniz, reinterpretada desde una sensibilidad contemporánea basada en la contemplación, el gesto mínimo y la relación directa con el entorno arquitectónico.
La propuesta se enmarcó dentro de eszenAZ, la temporada de artes en vivo de Azkuna Zentroa, un programa que apuesta por formatos no convencionales y por experiencias que cuestionan la manera tradicional de asistir a un espectáculo.
Con Córdoba Drone, Dani Hernández ofreció una obra abierta y experimental, que destacó especialmente en su primera parte escénica y que planteó, en su desarrollo posterior, una exploración del espacio y del rol del público dentro de la experiencia artística.
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